Existe una idea bastante extendida sobre la profesión del psicólogo: que, por formación o experiencia, somos capaces de escuchar cualquier historia sin que nos afecte emocionalmente. Como si entrar en consulta implicara apagar una parte humana de nosotros mismos.
Pero la realidad es otra.
Los psicólogos también sentimos. También nos impactan algunas historias, nos preocupan determinadas situaciones y, en ocasiones, terminamos una sesión pensando en aquello que la otra persona nos ha contado.
Y no solo es normal. En muchos casos, es precisamente esa capacidad de conectar emocionalmente la que permite construir un vínculo terapéutico real.
La empatía no significa sufrir lo mismo
En psicología, la empatía es una herramienta fundamental. Implica poder comprender emocionalmente lo que vive otra persona, ponerse en su lugar y acompañarla desde la validación y la comprensión.
Sin empatía, la terapia se convertiría en una conversación fría, distante y puramente técnica.
Ahora bien, empatizar no significa absorber el dolor ajeno ni cargar con él fuera de consulta.
El reto profesional no está en “no sentir”, sino en aprender a sostener emocionalmente lo que aparece sin quedar atrapados en ello.
¿Por qué algunas historias nos afectan más?
Hay casos que conectan con experiencias personales, valores, miedos o heridas propias. También hay situaciones especialmente duras por su contenido emocional: pérdidas, trauma, violencia, abandono, sufrimiento infantil o procesos vitales complejos.
Aunque exista formación y experiencia clínica, seguimos siendo personas.
Y precisamente por eso, escuchar de forma constante emociones intensas puede generar desgaste emocional si no se cuida adecuadamente.
¿Qué hacemos los psicólogos cuando algo nos afecta?
La regulación emocional también forma parte del trabajo terapéutico.
Igual que enseñamos estrategias a otras personas, los profesionales también necesitamos espacios y recursos para cuidarnos.
Algunas herramientas habituales son:
Supervisión profesional
Compartir casos con otros profesionales ayuda a tomar perspectiva, descargar emocionalmente parte del peso y revisar cómo nos está afectando una situación.
Terapia propia
Muchos psicólogos acuden o han acudido a terapia. No porque “no sepan gestionar sus emociones”, sino porque trabajar constantemente con el mundo emocional de otras personas también requiere espacios personales de cuidado.
Límites saludables
Aprender a desconectar, respetar horarios, no vivir permanentemente disponibles y diferenciar la vida profesional de la personal es fundamental para sostener el trabajo terapéutico a largo plazo.
Autoconocimiento
Conocer nuestras propias heridas, sensibilidades y límites permite detectar cuándo algo nos está removiendo más de lo habitual.
Humanizar la salud mental también implica esto
Hablar del impacto emocional que puede tener escuchar determinadas historias no busca poner el foco en el profesional por encima del paciente.
Busca normalizar algo real: quienes acompañan emocionalmente a otros también necesitan cuidado emocional.
Porque detrás de cada sesión no hay una máquina analizando conductas.
Hay una persona escuchando a otra persona.
Y tú, ¿alguna vez habías pensado en cómo puede afectar emocionalmente este trabajo a quienes acompañan procesos psicológicos?
Colaboración
Este artículo surge a raíz de un vídeo conjunto realizado con el psicólogo José Luis Rodríguez Planells, director de Planells Psicología, donde reflexionamos sobre la relación terapéutica y una pregunta muy frecuente dentro del proceso terapéutico: “¿Qué cree mi psicólogo de mí?”.
Una conversación centrada en la importancia del vínculo terapéutico, la empatía y el lado humano que también existe detrás de la figura del psicólogo.
José Luis Rodríguez Planells desarrolla su labor clínica desde su consulta en Madrid, acompañando procesos relacionados con ansiedad, autoestima, relaciones personales, bienestar emocional y muchas más.
Ubicación de la clínica: Google Maps – Planells Psicología
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